Esta pregunta, que puede asustar de buenas a primeras, tiene la respuesta más fácil posible:
Porque son divertidos.
Esa es la base. Nadie juega, ya no a un videojuego, sino a cualquier tipo de juego en general, si no es divertido o entretenido. Luego ya vendrá el si un juego trabaja ciertas competencias o si produce ciertas recompensas, pero ante todo tiene que entretener, principalmente abstrayendo al jugador de la realidad y sumergiéndolo en otra distinta. Este complejo proceso de evasión se resume como entretenimiento.
Cabe destacar que los videojuegos, en la mayoría de sus aspectos, apenas difieren de cualquier otro tipo de juegos. Al margen de la tecnología, que ya veremos que no es tan importante, hay una férrea cadena entre hacer castillos de naipes y los videojuegos. Pero vayamos por partes, o quizá deberíamos decir: por niveles.
Un niño o niña pequeño valorará cualquier juguete representativo del mundo que le rodea. Por supuesto, es importante incentivar su creatividad con juguetes que la fomenten, sea Lego, barro o lápices de colores, pero no es excluyente. Usaremos como ejemplo un camión de bomberos. Los camiones de bomberos son rojos y bonitos, tienen ruedas y una escalera. El niño agarra el camión y lo pasea por todas partes, en su eterno camino hacia inexistentes edificios en llamas.
Llegado un momento, el camión no es suficiente. Una cosa es que papá no te deje prenderle fuego a las cosas, la otra es que ni siquiera haya una casa a la que ir a salvar. El niño pide un poco más de realismo, y añadimos figuritas de bomberos, casitas y semáforos. El niño recrea la realidad sobre la moqueta.
Sin embargo, en breve el niño se hace demasiado consciente de que es su mano la que mueve el vehículo. Y los camiones de bomberos de verdad no se mueven guiados por una mano invisible. Se mueven solos. Y los camiones de verdad hacen luces. Por lo tanto, el niño agradecerá que su nuevo camión de bomberos haga luces y tenga un pequeño motor e incluso un diminuto depósito de agua. Guau. Qué pedazo de camión de bomberos, hasta la escalera es desplegable.
Dicho de otra forma, pese a que la imaginación del niño sea enorme, necesita que los elementos que usa para jugar sean lo más próximos posibles a la realidad que pretende imitar en su mundo de miniatura. Cada vez es menos capaz de autoengañarse y decirse a sí mismo "vale que había un incendio y..."
Al final, el niño no jugará con un camión de bomberos. Si le preguntamos, dirá que juega "a ser bombero". Es bonito, sí, al menos en lo que a bomberos se trata. Jugar a "indios y vaqueros", a "soldados" y otras variantes bélicas merecerá un artículo por sí mismo. Este paso, del "jugar con" al "jugar a ser" es crucial para entender la importancia de los videojuegos, y de sus vínculos con otros elementos de nuestra cultura.
En el fondo, el niño necesita interactuar con su propia imaginación. Hacer que pasen cosas, comprobar que sus acciones tengan resultado. Por muy maravilloso que sea el camioncito, los objetos con los que interactua no reaccionan a lo que está sucediendo en la mente del niño.
Servidor no es un experto en niños. Pero sí es seguro afirmar que nuestra sociedad ha hecho algo más que alargar, bien entrada la etapa adulta, ese anhelo por el ocio, y es positivo, pero hemos de ser conscientes de ello. Cuando pasamos de la niñez a la pubertad, de ahí a la adolescencia y finalmente somos adultos, llevamos con nosotros muchos aspectos de la etapa anterior. Habrá quien diga incluso que nuestras etapas vitales tienden a difuminarse, y no lo hará sin razón. A fin de cuentas, hace solo unos siglos, los individuos entraban en la vida adulta con quince años, y lo hacían de pleno, dejando atrás cualquier rastro de entretenimiento "para niños" a cambio de un montón de nuevas responsabilidades.
Ahora veamos qué pasa si añadimos un escalón más, si el niño pudiera jugar a ser bombero, aunque fuera en una pantalla y él controlase el camión con un mando. Solo eso ya es tan guay como un camión de bomberos de radiocontrol con luces. Además, el camión debe sortear el tráfico para llegar a tiempo y, una vez llegado al lugar de los hechos, presionando un botón lanzaremos un poderoso chorro de agua para extinguir las llamas. Incluso puede que el héroe deba abandonar el camión para entrar en el edificio y salvar a sus ocupantes. Al final, una animación nos felicitará por cumplir la tarea y nos recompensará con puntos. Incluso es posible que fracasemos (<game over>), cosa que en nuestros juegos infantiles no puede ocurrir.
En este último párrafo hemos tratado varios temas, pero centrémonos a lo que íbamos. De mayores, seguimos teniendo una parte de niño, ociosa y juguetona, pero nuestros juegos infantiles no aportan suficiente respuesta a nuestras acciones. Un videojuego de bomberos no sería más que un súper camión de bomberos que no sólo hace luces y derrapa, si no que también trae en la caja edificios en llamas que dependen de nosotros para su extinción.
Jugar a ser bomberos es divertido. Cuando la mente del niño ya no puede crear un incendio ficticio, los videojuegos sí.




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